jean luc godard cannesPor Daniela Creamer

Cincuenta años después de haber escandalizado la platea de Cannes –junto con Francois Trufaut- impidiendo que se lleve a cabo el festival, por solidaridad con las manifestaciones de los estudiantes y obreros en Francia en aquel entonces, Jean-Luc Godard retorna ahora para enardecer a los espectadores y a la crítica internacional. Esta vez con la proyección de “Le Livre d’immagine”, su nueva provocación en la que prosigue su experimentación audiovisual y que los responsables del festival han recibido con regocijo en la sección oficial. Las filas para ingresar por la alfombra roja al Gran Teatro Lumiere eran infinitas.

Y es que el cineasta francés, de 87 años, el último sobreviviente masculino de la Nouvelle Vague, no ha cesado de experimentar en forma inquieta y genial, continuando a enviar sus filmes a la Croisette, donde ha estado una decena de veces, y ha obtenido reconocimientos en diversas ocasiones. Pero desde hace algún tiempo, su cine se ha vuelto confuso, al extremo de lo incomprensible. “Le livre d’image” no es la excepción. No hay trama, ni historia. Es solo un mosaico de secuencias cinematográficas tomadas de películas propias y ajenas (de Hitchcock a Pasolini, De Buster Keaton a los hermanos Marx, de Fellini a Dreyer), de crónicas televisivas, de la historia del arte (impresionismo), de la literatura, de la música, trabajadas con saturaciones y otras distorsiones, descoloridas y desposeídas de su nitidez, precisamente como su título evoca, “libro” e “imágenes”.

Pero ¿tiene algún sentido este collage, acompañado de lecturas con la voz cavernosa del propio Godard, que hace referencia al mundo Árabe y a la guerra? Para algunos de los espectadores, es una genial reflexión, una poesía política sobre dichos temas, sobre los crimines de Estado y su falsa moral, sobre la ilusión que un conflicto “pudiese terminar sin que haya un vencedor”, que “la sangre de los inocentes no fuera versado en vano”, sobre el desencuentro eterno entre “los más ricos y los más pobres” de cuya lucha solo quedan desiertos, con un mensaje claro: “la única cosa que sobrevive en una época es el arte que esta ha creado”. Para otros, resulto ser definitivamente una experiencia “poco placentera”, “sin sentido” y “llena de pedantería”.

Es evidente que su ausencia ha pesado más que su presencia en Cannes. Godard ha preferido quedarse en su eterno aislamiento en Suiza, desde donde atendió ayer la rueda de prensa en modo surrealista: vía Facetime, en el Palais del Cinema, recubierto en su exterior con la imagen del poster oficial de esta edición 71, que roba un fotograma de su película “Pierrot le fou”, donde se besan Jean-Paul Belmondo y Anna Karina, como era de esperarse, en homenaje a su figura.

“No queríamos que el sonido acompañara las imágenes, sino que dialogaran”, explico Godard. Es un filme político? Le cuestiono un periodista. “No. Es más un libro. Mi objetivo es mostrar como los árabes para vivir no tienen necesidad de nadie: han inventado la escritura y muchas otras cosas. Poseen petróleo, mucho más de lo necesario. Pueden vivir muy bien solos”, prosiguió. Sobre cómo ve el futuro de su película, añadió: “Filmes como este podrán ser proyectados solo en pequeñas salas de vanguardia, salas “militantes”. Pero serán ocasiones importantes, que llevaran a la gente a reflexionar”. A este punto, no queda más que esperar su próxima provocación. “Todo depende de mis piernas, pero sobretodo de mis manos y un poco de mis ojos. A esta edad tengo dificultad para vivir mi vida, pero tengo aun el coraje para imaginarla”, remató.

 

 

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